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Nuevas adaptaciones vuelven a poner de moda al autor de The Man in the High Castle

Philip K. Dick, el intraducible

 

Por décadas se produce todo un “boom” de adaptaciones de la obra de Philip K. Dick. A una joya como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), siguió unos años después otra, aunque de índole muy distinta, Desafío total (Paul Verhoeven, 1990). Sí, las dos cintas, aparentemente tan diferentes (la primera una reflexión metafísica bajo la apariencia de un noir de ambientación tirando a retrofuturista, la otra un blockbuster de acción de los que eran especialidad de Schwarzenegger en aquella época), tenían un origen común. ¿A cuál de los dos extremos se parecería más Dick?

Montaje con Photoshop de una mujer en el Metro frente a la cabeza androide de Philip K. Dick. Autor: Niki Sublime (Boston-USA)

Pues en cierto modo, a ninguno. Porque si algo demostró el autor californiano de adopción, es que resulta muy difícil hincarle el diente. Y no será porque no se haya intentado: Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Paycheck (John Woo, 2003), Next (Lee Tamahori, 2007), Destino oculto (George Nolfi, 2011)… Una y otra vez, intuimos las huellas de su particular universo en ellas, pero en demasiadas ocasiones apenas son otra cosa que un pálido y descafeinado reflejo. Están, pero no están. Y eso es, probablemente, porque uno de los escritores más influyentes de las últimas décadas, y que más ha fascinado a toda una generación que ahora está a los mandos de la industria del entretenimiento, en realidad resulta inaprensible.

En gran parte, porque sus novelas, en el fondo, son inadaptables. Ahí está el que probablemente sea el intento de hacer una versión más fiel de su obra, A Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006), el relato de un mundo donde la droga fluye y la identidad se diluye, que para marcar distancias con la realidad está realizada utilizando la técnica de la rotoscopia, que convierte a los actores y los escenarios en algo a medio camino entre la imagen real y el dibujo animado; o sea, entre lo existente y lo reconstruido; o sea, puro Dick.

Lo curioso es que esa imposibilidad de traducir en imágenes el mundo fascinante pero alucinado, y muchas veces incoherente, de Dick, se mantiene, incluso, en nuestros días. Ya hemos visto que la serie de Amazon The Man in the High Castle (2015-) ha tenido que quedarse sólo con el marco en el que se ambientaba una de las obras más famosas del autor y su primer gran éxito, El hombre en el castillo (1962), la reina de las ucronías. La serie lo fía todo a jugar con esa realidad paralela en la que Estados Unidos perdió la Segunda Guerra Mundial y ve dividido su territorio entre Alemania y Japón, más un estado títere que ejerce de tapón entre las dos zonas; pero se ve obligada a reducirla a una mera historia de espías, con el morbo, eso sí, de ver un Reich triunfante que se ha hecho con el control del planeta.

En realidad, la novela original, como todo en Dick, que da vueltas en torno a un mismo tema que, eso sí, va evolucionando según avanza su producción, jugaba con la idea de la realidad, el destino, la vigilancia del Estado y, por supuesto, la mística. Unas características que irán creciendo en cada nuevo título, hasta llegar a extremos en los que las propias tramas terminan precipitándose en lo irrelevante frente al simbolismo, cargándose de fuerza poética, y en las que queda más manifiestamente claro que, en realidad, todo el corpus dickiano no es más que una reflexión en clave autobiográfica sobre una vida marcada por las drogas, el acecho de la enfermedad, la contracultura y las tensiones entre quien, en su país, sabe que es valorado como un mero escritor pulp cuando él se adscribiría sin dudarlo a una hipotética banda liderada por Thomas Pynchon (y por si hacen falta pruebas para tal afirmación, ahí está Valis, o Sivainvi, según la traducción, para demostrarlo). Algo que, como siempre, sólo la crítica francesa supo ver.

Colección de libros de Philip K. Dick. Autor: Before My Ken

 

El adelanto de la inminente Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) parece indicarnos que seguimos en la misma vía de domesticación. Y sin embargo, el mundo de Dick sí que puede llevarse al cine: nos lo demostraron los (entonces) hermanos Wachowski con Matrix (1999), probablemente la mejor plasmación del mundo frágil, paranoico, falso y evanescente dickiano que hayamos visto… aunque no adaptara ninguna de sus obras. Resulta inevitable pensar qué habría pensado el escritor si hubiese tenido la oportunidad de conocer la cinta: uno está inclinado a pensar que muy probablemente hubiese renegado de Blade Runner (murió sin saber en qué se estaba convirtiendo la adaptación de su novela de 1968 ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), y en cambio hubiera reconocido a la ya icónica cinta protagonizada por Keanu Reeves como el verdadero legado cinematográfico de lo emergido de su frenética mente.

La vida y la obra de Dick demuestran que este mundo trenzado por códigos binarios y donde la realidad virtual viene empujando con fuerza es, en realidad, uno que nació entre las nubes de la psicodelia, la contracultura californiana y las drogas de los sesenta. Curiosamente, y también lo decía Dick, un mundo donde puede latir la más controladora y extrema de las tiranías. Y a todo esto, ¿a qué espera alguien para llevar al cine Ubik (1969) y demostrar que, efectivamente, Dick tenía razón?

Imagen de portada: Cabeza arcoiris de Philip K. Dick. Autor: Torley

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