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Cómo entender La República de Platón

Una buena dosis de medicina política

Son tiempos duros. Tiempos confusos. Tiempos de decepción y desencanto. De crisis y mentiras. Tiempos de pesadilla hecha realidad desde las imaginaciones anticipadas de Orwell, Bradbury y Huxley. Vivimos la utopía del mundo feliz, donde PRISM y Google sólo son un “Gran Hermano” más. Con vigilantes que mantienen el mundo enganchado a su propio “soma” de pan y circo multimedia. Una sobreabundancia de conocimiento que sume al mundo en la ignorancia más feroz. Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984 han salido de la ficción, igual que Woody Allen sacó a Jeff Daniels de la pantalla en “La rosa púrpura de El Cairo”. Libros que se han convertido en el recurso favorito de los foros, los debates y hasta de las animadas charlas de bar. Sin duda los tiempos que vivimos hacen que recordemos a Orwell, Bradbury y Huxley. Pero hay un libro más que añadir a la lista de necesidades literarias para estos “aciagos” días. Un libro que no ha dejado en ningún momento de ajustarse a este y a otros tiempos pero que, ahora más que nunca, conviene tener muy a mano. Un libro mil veces citado pero pocas veces leído y aún menos comprendido. En el año en el que se celebra el 2400 aniversario de la fundación de la Academia de Platón, habría que leer, especialmente, La República.

¿Por qué? Los que tuvieron asignatura de Filosofía en el Instituto recordarán de Platón, mal que bien, esa cosa rara de los arquetipos y, de su República, sólo el conocido como “mito de la caverna”. Sin embargo, La República es un conjunto tal, que no es posible entender el sentido de la caverna y sus siniestros amos sin el marco que la rodea. Que nadie se asuste, pero desvelar ese sentido para entenderla en su conjunto, sin los padecimientos habituales que suscita la lectura de textos filosóficos, es lo que intentaremos hacer en este artículo.

Antes, un inciso.

La República, Paltón. Clásicos de Grecia y Roma. Alianza Editorial.Recomiendo la edición de bolsillo de Alianza Editorial. La razón es que es una traducción realmente buena con buenas notas e igualmente buena introducción (de Manuel Fernández-Galiano, quien ya señala que estamos ante un “tratado de medicina política”). Pero sobre todo por la traducción. Una mala traducción puede pervertir por completo el sentido de una obra. Tanto como una buena imbuir al lector en el alma de la misma. Esta es una buena traducción. Hay otras también muy buenas, excepcionales, como los clásicos Gredos. En esta, además, interviene positivamente el factor precio.

Otra aclaración.

Supongo que la idea general acerca de un libro de filosofía es que nadie “normal” lo leería voluntariamente y menos con gusto. Pero el caso de Platón es diferente. Es difícil de creer, pero Platón escribía para que le entendieran. El esfuerzo que hay que hacer para seguirle en la mayoría de sus textos es mínimo (hay otros en los que ni con un mapa). Es todo un modelo de “conceptos filosóficos para dummies”. Tanto que en su época le criticaban por usar ejemplos de perritos, caballitos y barquitos en sus escritos en vez de ser un poco más críptico y “serio”. Y lo que escribió definió ideas complejas con tal claridad, que hay un antes y un después de Platón. Es generalizar mucho, pero la filosofía que vino después lo que ha hecho ha sido reinterpretar a Platón o criticarlo. Y de ninguno más se puede decir que haya generado tantos “neos” (neoplatonismos) a lo largo de la historia. Por algo será. La historia vuelve, periódicamente, a Platón. Este es otro de esos momentos históricos.

Ahora sí, comenzamos.

Como buena parte de las obras de Platón, La República se expone en forma de diálogo con Sócrates, el viejo maestro de Platón, como protagonista. En esta ocasión, por razones que no vienen al caso, Sócrates acaba en casa de Polemarco junto con otros discípulos y amigos. El caso es que empiezan a charlar amistosamente, una cosa lleva a la otra y, sin saber cómo, acaban hablando sobre la justicia.

los hombres que reciben daño se hacen más injustos

Uno de los contertulios emprende una defensa de la injusticia que pone a Sócrates contra las cuerdas. Y es que, para Sócrates, la justicia conduce irremediablemente a la felicidad, pero su oponente defiende que el justo es un verdadero pringado, ya que mientras los sinvergüenzas pueden aprovecharse sin recato de todas las oportunidades que se les presentan de obtener provecho propio, el bueno de Flanders no, y eso lo convierte en un pobre infeliz. Recalca que, además de feliz, el injusto es mejor porque tiene la virtud de pasar por bueno y justo sin serlo, mientras que el pobre buenazo siempre acaba pagando los platos rotos por memo. Nadie quiere ser un perdedor, por eso nadie quiere ser justo. A la gente le molan los injustos, y prefiere aprovecharse todo lo que pueda siempre que, además, logre hacer creer a todo el mundo que, en realidad, no lo está haciendo. Eso sí que da la felicidad.

Sócrates, que es un incondicional defensor de los parabienes de la justicia, no tiene más remedio que reconocer que justicia e injusticia, virtud y lo otro, están demasiado confundidas en el ser humano como para poder indagar en condiciones qué son y cuál de ellas proporciona realmente la felicidad. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer? ¡¡¡Qué dilema!!! Como algo tan grande como la justicia no es fácil de ver dentro de algo tan pequeño como un ser humano, Sócrates propone, para verlo mejor, usar una “lupa”. Buscar la justicia en algo más grande que una persona para, luego, entender mejor cómo sería en lo pequeño. ¿Y qué es eso más grande? ¿Una ballena? Pues no, una ciudad. Dicho y hecho.

MONTANDO LA CIUDAD

Una ciudad nace porque ninguno de nosotros se basta a sí mismo, dice Sócrates. Sí, podemos cultivar la tierra, recolectar frutos, sacar a pastar al ganado, esquilar nuestras ovejas, cardar la lana, hacernos unos slips con ella, fabricar nuestro propio jabón, amasar paja y barro para hacer ladrillos de adobe, construir un adosado, soplar vidrio, ir al río a por agua, extraer mineral de la tierra para hacernos una cuchara y, en nuestros ratos libres, tuitear lo buena que es la soledad. Sí, se puede, pero siempre será necesario alguien que te rasque la espalda y, por eso, ¡por eso nacen las ciudades!

Al principio, con cuatro o cinco personas ya tenemos suficiente para montar nuestro germen de ciudad. Con eso se pueden cubrir las necesidades básicas: alimento, cobijo y vestidos (Internet todavía no se había inventado). Así, cada uno se ocupa de una sola cosa y todos se benefician de lo que hacen los demás.

Es más valioso para la ciudad un buen barrendero que un mal rey.Es más valioso para la ciudad un buen barrendero que un mal rey.Cosa importante: Esto de que cada uno se ocupe de una única cosa es un punto en el que Platón insiste mucho. Para él, la única forma de que la ciudad tenga éxito es que cada persona desempeñe una única tarea dentro de la organización de la misma. Esa tarea, además, será la que haga mejor de entre todas. “…no hay dos personas exactamente iguales por naturaleza, sino que en todas hay diferencias innatas que hacen apta a cada una para una ocupación.” Esta es la primera semilla de la justicia en la ciudad, que cada cual pueda dedicarse a hacer aquello para lo que está mejor preparado pero “cada persona realiza un solo trabajo de acuerdo con sus aptitudes, en el momento oportuno y sin ocuparse de nada más que de él”.

Volviendo al tema, si el agricultor se tiene que dedicar a la agricultura, otro tendrá que dedicarse a hacer los arados, otro a ser albañil, otro zapatero, tejedor, pastores. Como pasa con el ser humano, que necesita de otros, las ciudades también necesitan de otras. Será necesario importar y exportar, por lo que la ciudad deberá tener comerciantes que hagan esa tarea y, si el comercio se hace por mar, marineros, constructores de barcos y muchos otros oficios. El comercio trae mercado, y el mercado trae la moneda. La ciudad ha crecido al ritmo que sus necesidades.

Pero hasta aquí la ciudad dibujada es bastante bucólica y pastoril, con una vida vivida en paz y con salud, alimentándose de las cosas que el propio campo produce y hasta vegetariana, usando los animales sólo para arar, transportar o vestirse. Como no podía ser de otra manera, esa vida tan natural e idílica no hace ni pizca de gracia a los contertulios de Sócrates, que piden algo más de entretenimiento y diversión en el lugar. ¿Do están el oro y las joyas?, ¿do los bellos vestidos?, ¿los perfumes?, ¿el marfil?, ¿la comodidad?, ¿las cortesanas? “Con todo, yo creo que la verdadera ciudad es la que acabamos de describir: una ciudad sana, por así decirlo. Pero, si queréis, contemplemos también otra ciudad atacada de una infección; nada hay que nos lo impida”. ¿Una infección? Qué adjetivo más acertado. Es el momento de gritar: “¡¡más gente!!, ¡¡más gente!!” Ahora harán falta cazadores, poetas, actores, empresarios, servidores, nodrizas, preceptores, porquerizos, camareras, peluqueros, orfebres, mineros, cocineros y algo que no había hecho falta antes: médicos que atiendan a la gente de los males provocados por sus excesos.

La ciudad empieza a parecerse ahora al camarote de los hermanos Marx. El espacio empieza a escasear. ¿Qué hacer? Muy fácil. No hay más remedio que quitársela al vecino y, como el vecino posiblemente quiera hacer lo mismo con nosotros, habrá que tener guerreros preparados para hacer la guerra. ¡Madre mía!, ¡cuánta gente!, todavía nos falta tierra. Hay que ampliar más.

Cosa importante: Aquí Platón deja de llamar guerreros a los guerreros y comienza a llamarlos guardianes. Es fácil saber en qué consiste el trabajo de un agricultor o de un carpintero, y cuáles deben ser las habilidades de quien se dedique a ese oficio, pero en el caso de los guardianes no es así. Platón va a dedicar, a partir de ahora, mucha saliva para explicar en detalle cómo debe ser aquel destinado a guardar la ciudad.

¿Cómo debe ser un guardián? El asunto es más espinoso de lo que parece. Si decimos que debe ser alguien fiero, fuerte, intrépido y fuerte, tendremos unos estupendos defensores en tiempo de guerra pero, ¿y en tiempo de paz? ¿Cómo hacer para que cuando no haya lucha fuera, no empleen esa belicosidad contra la gente de la ciudad? “Hace falta que sean amables para con sus conciudadanos, aunque fieros ante el enemigo. Y si no, no esperarán a que vengan otros a exterminarlos, sino que ellos mismos serán los primeros en destrozarse entre sí”. Sócrates lo plantea así de claro. Si el guardián no tiene un temperamento apacible y fogoso al mismo tiempo, nunca será un buen guardián.

EL GUARDIÁN, ¿NACE O SE HACE?

El guardián debe ser como el perro, que protege a los propios y ataca a los ajenos.El guardián debe ser como el perro, que protege a los propios y ataca a los ajenos.Este es otro punto clave dentro del libro. El guardián tiene que ser un filósofo. Dicho esto, en cuanto se cierren esas bocas de estupor explicaremos por qué. Para que todos los presentes lo entiendan, Platón suele poner ejemplos de cosas sencillas que no agradaban mucho a sus detractores. En este caso, para demostrar por qué el guardián tiene que ser un filósofo, usa como ejemplo al perro. Si queremos que el guardián luche contra los de fuera y proteja a los de dentro de la ciudad, debe ser como un perro, que reconoce a los amigos de los enemigos, y es fiero con los ajenos y protector con los propios. ¿Y eso no es, de alguna manera, aprendizaje?, ¿y no se mueve el aprendizaje por el deseo de saber?, ¿y no es cualquier deseo de saber un aspecto del amor al conocimiento?, ¿y no es el amor al conocimiento otra cosa que la filosofía? El perro tendrá la filosofía propia del perro, pero el ser humano tiene la suya, y esa es la que tiene que desarrollar el guardián. Ahora viene la pregunta del millón. ¿Cómo educamos a esas personas para que se conviertan en buenos guardianes de la ciudad?

En estos tiempos de exaltación de las libertades hablar de censura provoca cierto repelús. Pero eso es justamente parte de lo que Platón propone para educar a los futuros protectores de su ciudad. Aunque primero habría que repartir su formación en dos aspectos igual de importantes: la gimnasia para el cuerpo y la música para el alma.

Otra cosa importante: ¿Qué entiende Platón por alma? Habría que meterse de lleno en dos de sus diálogos, el Fedón y el Fedro (si nadie muere de hastío con este artículo puede que le metamos mano en otra ocasión). En resumen es aquello con lo que se hace la filosofía. Aquella parte de nuestro entendimiento capaz de reconocer su falta de conocimiento, y poner en juego su voluntad y lo mejor de su persona para alcanzar eso que no tiene. Lo interesante es que eso implica, al igual que la filosofía, ponerse al servicio de los demás, idea que forma parte viva de toda La República, porque cuanto más conciencia se tiene, cuanto más despierta está ese alma, más obligado se está a servir al beneficio del conjunto. Platón relaciona el alma con la filosofía. En El Banquete, además, vincula ambas al amor como intermediarias entre lo terrestre y lo celeste.

Volviendo al peliagudo tema de la censura, Platón señala que, antes de que el niño llegue a las puertas del gimnasio, las fábulas, los cuentos y las leyendas ya habrán dejado su primera impronta en él. Platón quiere controlar esa impronta. “Deberemos pues, según parece, vigilar ante todo a los forjadores de mitos y aceptar los creados por ellos cuando estén bien y rechazarlos cuando no; y convencer a las madres y ayas para que cuenten a los niños los mitos autorizados, moldeando de este modo sus almas por medio de las fábulas mejor todavía que sus cuerpos con las manos. Y habrá que rechazar la mayor parte de los que ahora cuentan.” Así de drástico. Aunque nótese que Platón no habla aquí de obligar, sino de convencer o, lo que es lo mismo, hacer que tomen conciencia de su importancia. Cuando algo se entiende, no es necesario imponer. Lo que, por otra parte, va en contra de la formación del ciudadano platónico, al que considera individuo o “indiviso”, porque sus pensamientos, sentimientos y acciones son coherentes, son uno.

Es bien sabido que Platón detestaba las obras de Homero. La razón era que el poeta había convertido a los dioses (aquellos que deben ser el modelo de virtud) en libertinos, viciosos, rencorosos, asesinos, ladrones, incestuosos, vengativos, mentirosos, cobardes y bravucones, por citar sólo algunas de sus literarias cualidades. A Platón aquello no le gustaba, y tanto las obras de Homero como las de Hesíodo tenían orden de alejamiento para los niños de la ciudad. ¿Cómo se puede enseñar a los tiernos jóvenes a ser valerosos, justos, equilibrados, comprensivos con esa panda de malhechores que los poetas pintan por dioses? A ver quién es el guapo que no se traumatiza con Zeus maltratando hijos y violando ninfas, o con Hera mandando enormes serpientes al lecho de un bebé, o Afrodita anotando muescas en el cabecero de su cama. “Porque el niño no es capaz de discernir dónde hay alegoría y dónde no y las impresiones recibidas a esa edad difícilmente se borran o desarraigan”. Lo cierto es que hoy casi cualquier psicólogo le daría la razón a Platón en esto.

Cosa importante: Platón zanja el tema así: “Por consiguiente, la divinidad, pues es buena, no puede ser causa de todo, como dicen los más (se refiere a Esquilo en el Agamenón), sino solamente de una pequeña parte de lo que sucede a los hombres; mas no de la mayor parte de las cosas. Pues en nuestra vida hay muchas menos cosas buenas que malas. Las buenas no hay necesidad de atribuírselas a ningún otro autor; en cambio, la causa de las malas hay que buscarla en otro origen cualquiera, pero no en la divinidad”.

LAS FÁBULAS Influyen más en LOS NIÑOS QUE LOS GIMNASIOS

Tampoco quiere que se asuste a los niños con cuentos del coco o del hombre del saco, nada que los convierta en unos miedosos, porque en el futuro, los que lleguen a guardianes, deberán proteger con su vida a la ciudad. “Quien crea que existe el Hades y que es terrible, ¿podrá no temer a la muerte y preferirla en las batallas a la derrota y servidumbre?”

Al final, las virtudes esenciales que adornen al guardián deberán ser “la templanza, valentía, generosidad, magnanimidad y demás virtudes hermanas de estas”.

LA CIUDAD SANA

Sin que el lector se de cuenta, Platón ha vuelto a convertir la ciudad, antes infectada por el lujo, en una ciudad sana. La señal inequívoca de que una ciudad se ha corrompido es que necesite de médicos y jueces. “¿Y no te parece una vergüenza y un claro indicio de ineducación el verse obligado, por falta de justicia en sí mismo, a recurrir a la ajena, convirtiendo así a los demás en señores y jueces de quien acude a ellos?” Los párrafos que siguen a esta sentencia en La República se podrían cortar y pegar en nuestros tiempos sin que una sola coma sonase anacrónica. Pero mientras que el buen médico debe haber estado en contacto con la enfermedad para poder conocerla y curarla, el juez deberá, por contra, no haber conocido en su persona crímenes de ningún tipo ni haber estado en contacto con ellos ni con la maldad.

Para que el gobierno de la ciudad no fracase debe estar dirigido por los mejores de entre los guardianes, la flor y nata, vamos. Los más valientes, sobrios, templados, disciplinados, voluntariosos, ejemplares, sinceros, compasivos, incorruptibles, y todas las demás virtudes que se quieran añadir a esta lista. Acaban de establecerse las normas de la educación en la ciudad: lograr formar ciudadanos de este calibre. Por eso mismo nunca jamás un joven deberá llegar a gobernar la ciudad, y por joven entiéndase cualquiera que tenga menos de 60 años. ¿Y esta injusta negativa a dar oportunidades a la generación JASP? Porque hay cosas que sólo el tiempo puede probar. Platón sólo quiere para esta difícil tarea a aquellos que, a lo largo de toda (doble subrayado en el ‘toda’) su vida, en lugar de títulos, cargos y parentescos, lo único que hayan hecho sea demostrar que, frente a cualquier adversidad, tentación, intento de soborno, amenaza o lo que sea, se han mantenido firmes, sin olvidar jamás lo que es mejor para la ciudad, por encima mil veces de lo que pudiera ser mejor para ellos (igual que ahora, ¿no?). Lamentablemente, un joven sólo consigue demostrar eso cuando ya ha dejado muy atrás la juventud.

El guardián tiene prohibido tocar el oro bajo ningún concepto para evitar caer en la corrupción.El guardián tiene prohibido tocar el oro bajo ningún concepto para evitar caer en la corrupción.Platón no deja nada al azar. No tiene la más mínima intención de sentarse a esperar que el tiempo demuestre cuál es el mejor guardián. Lo que quiere es ponerlos a prueba desde la infancia, observarles, estar atento a sus progresos, a sus debilidades, a las fortalezas y detectar, finalmente, si está en cuerpo y alma al total servicio de la ciudad. Una cosa más. Nunca, nunca, nunca, jamás, bajo ningún concepto, podrán tocar el oro o el dinero. No tienen propiedad privada. Los guardianes hacen su vida en común, tienen lo necesario para vivir sin apuros, pero con sobriedad, todo el oro que necesitan es el de su propia alma, dirá Platón. Para que esta no se corrompa, nunca deberán estar en contacto ni cerca del oro que enfebrece a los hombres. “Si así proceden, se salvarán ellos y salvarán a la ciudad; pero si adquieren tierras propias, casas y dinero, se convertirán de guardianes en administradores y labriegos y de amigos de sus conciudadanos en odiosos déspotas. […] y así correrán en derechura al abismo tanto ellos como la ciudad.”

Por cierto, mientras en Grecia las mujeres estaban destinadas a vivir en el gineceo, apartadas de toda participación en los asuntos de la ciudad, Platón borra de un plumazo cualquier discriminación por razones de sexo en su República. Lo que determina la ocupación de una persona dentro de la ciudad es su capacidad, y no otra cosa. Entre los guardianes habrá tanto hombres como mujeres compartiendo su vida, podrán tener relaciones con quienes quieran, pero sin atarse a ninguno ni ninguna en particular. Y aquí viene una de las partes duras del libro. No hay obstáculo en que tengan hijos, pero pasado un tiempo, pasarán a ser educados por los pedagogos, y nunca más volverán a verlos. ¿Por qué? Imagina que estamos en guerra. La ciudad va a ser atacada en breve. ¿Quién podrá defenderla mejor?, ¿quien empuña las armas junto a las murallas pero arde en deseos de correr a defender su casa a la menor oportunidad?, ¿o aquel para quien cualquiera de los niños de la ciudad podría ser el suyo y defenderá a todos por igual?

Algo que dará de lleno en los dientes a muchos políticos de los de ahora. ¿Cómo garantizamos que la gente que vela por la ciudad no se corrompa, que no se vuelva contra los de dentro, y los tiranicen y abusen de ellos? ¿Daremos subvenciones a los empresarios que contraten guardianes con certificado ISO nosécuantos y el cursillo de manipulador de armas afiladas? No. Para asegurarse de que la gente (toda, incluidos los gobernantes) cumplen con su función con honestidad, la mejor garantía es la educación. Se les educará bien. La educación es lo más importante en esta ciudad. ¿Ahora es cuando se dice eso de “zas, en toda la boca”?

Acabamos de pinchar en hueso. Tenemos que los guardianes, los que deben velar y desvelarse por la ciudad, la élite de la que saldrán los gobernantes, no puede tener propiedad privada, ni casas con jardín, ni un carro con caballos a la última, ni darse fastuosos banquetes, ni salir de farra con los amigos, sin cortesanas, ni cuidar de sus hijos hasta la vejez, sin salario por su labor, ni poseer o tocar el oro o la plata. ¿Y así quieres, amigo Sócrates, que sean felices, negándoles lo que se le permite a cualquier otro ciudadano? La respuesta es simple: “Nosotros no establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda”. No hay élites, hay responsabilidades. Y si un zapatero se corrompe, no es mucho el daño que puede causar a la ciudad, pero si se corrompe un guardián, eso sí que puede envenenar y herir de muerte a la ciudad entera. ¿Qué es lo que corrompe a una ciudad entonces? La riqueza y la indigencia, dirá. Y si los guardianes deben velar por la ciudad, una de sus tareas será vigilar que esos dos males no se cuelen dentro de la ciudad.

Los guardianes deben proteger la justicia por encima de todo, por encima de los ciudadanos y por encima de los gobernantes.Los guardianes deben proteger la justicia por encima de todo, por encima de los ciudadanos y por encima de los gobernantes.La misión del guardián platónico no es, como parecía en un principio, guerrear contra los pueblos vecinos para arrebatarles sus tierras y que nuestra ciudad pudiese crecer con holgura. Los guardianes se han convertido en los garantes de la justicia y, para eso, deberán ser ellos los más justos de todos. Porque cuando dejas que la riqueza y la indigencia se introduzcan en la ciudad, ya no existe más la ciudad como tal, sino que existen, al menos dos ciudades que, además, serán enemigas: la de los ricos y la de los pobres. Ahí ya se rompió la ciudad desde dentro. Un guardián protegerá la justicia por encima del gobierno y los gobernantes.

La ciudad de Platón debe tener en sí (y por tanto presentes en la mayoría de sus ciudadanos) estas virtudes: “Será prudente, valerosa, moderada y justa”. Algunas de las claves para conseguirlo son, justamente, hacer cada uno lo suyo y que nadie posea lo ajeno ni sea privado de lo propio. Así que “el hombre justo no diferirá en nada de la ciudad justa en lo que se refiere a la idea de justicia, sino que será semejante a ella”. La lupa ya ha sido enfocada.

Para afinar la analogía entre la ciudad y el hombre, y la justicia dentro de ambos, Platón conduce asus oyentes a través del diálogo hasta encontrar que la verdadera justicia existe en el hombre cuando “cada una de las partes de su alma hace lo que le es propio” de manera que “la virtud será una cierta salud, belleza y bienestar del alma; y el vicio, enfermedad, fealdad y flaqueza de la misma.”

Es más, las ciudades, como los hombres, alcanzarán la justicia cuando estén gobernadas por verdaderos filósofos. Porque para el filósofo verdadero nada habrá más importante que la ciudad, y no buscará recompensa alguna por servirla, ni honores o reconocimientos, ni sueldos, ni favores, ni sobres, ni fotos, ni nombramientos, ni títulos, ni dietas, ni prebendas de ningún tipo. Porque “el verdadero amante del conocimiento está naturalmente dotado para luchar en persecución del ser y no se detiene en cada una de las muchas cosas que pasan por existir, sino que sigue adelante, sin flaquear ni renunciar a su amor hasta que alcanza la naturaleza misma de las cosas que existen…” Dicho de otra forma, a estos tipos no los camelas con una medalla y una subvención, y no sólo eso, sino que tienen tan claro que por encima de todo está proteger la ciudad de la injusticia, que ningún soborno o chantaje podría hacerles desviar de su objetivo, y si tuvieran que proteger a la ciudad de sus propios ciudadanos, lo harían, como la protegerían de sus propios gobernantes si fuese necesario. Ya no estamos hablando de una ciudad física sólo, de limites, muros y fronteras. Hace rato que la ciudad es un ideal de justicia, y a su defensa se entregarán los guardianes a costa de su propia vida.

“SERÍA RIDÍCULO QUE EL GUARDIÁN NECESITARA DE UN GUARDIÁN”

Este filósofo no es un tipo de carrera, como ya se habrá adivinado, pero es el que de forma natural estaría mejor preparado para educar, formar y conducir (gobernar) a otros. Es alguien hecho de una pasta especial pero con cierta mala fama. Y, ¿no resulta que “la culpa de que el vulgo esté mal dispuesto para con la filosofía la tienen aquellos intrusos que, tras haber irrumpido indebidamente en ella, se insultan y enemistan mutuamente y no tratan en sus discursos más que cuestiones personales comportándose así de la manera menos propia de un filósofo” Uy, casi como una sesión del Congreso.

IMAGINA UNA ESPECIE DE CAVERNOSA VIVIENDA…

Aunque Platón trata por todos los medios de ser meridianamente claro en sus exposiciones, hay momentos en los que abandona todo razonamiento y se entrega al mito. La intención no es otra que la de saltarse los procesos diseccionadores de la mente racional y llegar directamente a la parte mñas intuitiva del ser humano. Lo que se puede captar a través de un símbolo (¿que otra cosa es un mito sino una narración simbólica?) puede llegar a ser mucho más rico, dependiendo del entendimiento del oyente. El recurso del mito también era un filtro, una forma de asegurarse de que algunos conocimientos más mistéricos no llegasen a quien no estuviese preparado para ellos.

En el mito de la caverna, que comienza con el capítulo VII, Platón plantea una imagen bastante curiosa y chocante.

nullnullLas sombras que se proyectan en el fondo de la caverna son tomadas por la realidad.Las sombras que se proyectan en el fondo de la caverna son tomadas por la realidad.“Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea…” En el fondo hay una serie de personas que, desde su más tierna infancia, han permanecido atados en el fondo de la caverna, atados de pies y manos y con la cabeza sujeta de tal forma que estaban obligados a mirar siempre al fondo de la caverna. Tras ellos, una serie de personas (los amos de la caverna, que son los que manejan el cotarro) llevan en sus manos diversos objetos y antorchas, hacen ruidos y hablan, y las sombras de lo que transportan se proyectan en el fondo de la caverna, donde los que viven atados, toman esas sombras por la realidad. No se les puede culpar de mucho. Viven atados y obligados a mirar las sombras. No conocen otra cosa. Para ellos, eso es lo que hay, esa es la verdad que han visto y la que existe. Y los sonidos, las voces, los ecos, también serían para ellos parte de su realidad.

Si ahora alguien aparece en la caverna y desata a uno de aquellos infelices, ¿creen ustedes que se lo agradecería? Pues no. Lo estaría maldiciendo por los siglos de los siglos amén por privarle de la seguridad de sus cadenas, de su mundo conocido y de, al decir de algunos gurús de pacotilla, de su zona de confort. Para ese pobre diablo, por mucho que le digas que fuera hay un mundo de luz y de cosas reales (no sus sombras), lo que puede ver es lo que hay abajo. Ni sus ojos siquiera están preparados para ver las cosas tal y como son, igual que cuando pasamos mucho tiempo a oscuras y de pronto encienden la luz. No vemos un pimiento y, encima, la claridad nos hace daño. Pues igual. Necesitaría acostumbrarse, pero no lo haría de buen grado al principio, desde luego. La palabra “obligar” aparece varias veces en este texto.

Pero conforme el tipo se acostumbra a mover sus piernas y a la fatigosa subida, las escarpaduras, las rodillas llenas de pupas y a comprender lo que ve bajo la luz del sol, le va cogiendo el gustillo y cada vez piensa menos en volver a sus queridas cadenas y más en ver más, conocer más y entender más. Por último se pregunta qué pasaría si después de haber descubierto que lo que siempre había tomado por la realidad no eran más que las sombras de los objetos, y que lo que consideraba la vida y la libertad no eran más que esclavitud y muerte, volviese al fondo de la caverna a iluminar a otros. ¿Serían bien recibido?, ¿le harían una fiesta?, ¿la ola? Lo más probable es que intentaran matarlo por tocapelotas. ¿Quién no ha visto Matrix?

Platón luego intenta explicar un poco toda esta historia de las sombras y la luz, de los tipos encadenados y de los amos del cotarro. Explicación que enmarca dentro de su concepción de las ideas y los arquetipos y del alma, pero también la presenta en su escenario más sociopolítico. Ahí están los tipos de las cadenas. Cadenas que besamos y adoramos, y de las que no queremos librarnos por mucho que nos digan que fuera de ellas hay un mundo de color (¡qué demonios me importa el color si no sé lo que es!). Y un día, de pronto, algo nos fuerza a salir de nuestra comodidad, y nos acordamos de la madre de todos los dioses (no sólo de los griegos), y maldecimos cada nueva puñetera experiencia porque las hemos pasado canutas para tenerlas, y preferiríamos vivir como felices ignorantes que con tanto conocimiento no deseado de la vida. Llega el día en que la cosa no es para tanto y hasta nos gusta enfrentarnos a las dificultades y toda esa cosa de la superación personal, de ejercitar la voluntad y de hablar menos y hacer más. Hasta que ya las sombras no nos engañan, y por nada del mundo querríamos volver al fondo de la caverna una vez que hemos salido. Sin embargo el sentido del deber y la responsabilidad de que alguien nos echó una mano alguna vez, nos hace tomar la decisión de no pasar olímpicamente de los que siguen abajo y volver a ver si se puede sacar a alguno más.

Los verdaderos ignorantes son aquellos que besan y adoran sus cadenas.Los verdaderos ignorantes son aquellos que besan y adoran sus cadenas.El feliz encadenado representa al común de los mortales (nosotros, vamos), donde vive tranquilamente la mayoría. El que, desatado, comienza su particular periplo de salida y adaptación de los ojos a la luz es el filósofo. El que sale de la caverna y consigue entender el mundo como es en realidad es el sabio, el perfecto guardián, y el que vuelve a bajar a por otros es el político, el gobernante. Porque esa es la misión que tiene, para Platón, el que gobierna. No es bajar el paro, ni aumentar el estado del bienestar, ni comprar un portaaviones, ni inaugurar pantanos, aeropuertos o museos de la memoria histórica. La verdadera función del gobernante es sacar a la gente de la caverna. Librarla de la ignorancia, enseñarla a autogobernarse y conseguir, al final del camino (al final), que no sea necesario un gobierno. Igual que un buen padre prepara a sus hijos para volar solos, el buen gobierno tiene que educar a sus ciudadanos para no necesitar de gobierno alguno.

Una de las claves en todo esto es entender el tema de la conciencia. Cuando los niños son pequeños y no se puede razonar con ellos, muchas veces habrá que obligarlos a hacer o no hacer algo, pero si se les enseña bien, no será necesario vigilarles a todas horas ni desconfiar de ellos cuando sean más mayores. Enseñarles bien es lograr que ellos mismos comprendan las cosas, porque ninguna imposición y ningún dogma conducen a la libertad. Incluso la responsabilidad hay que adquirirla libremente. Si se entiende que robar está mal, independientemente de que hubiera o no leyes y castigos contra el robo, nada podría hacer que alguien así robara, incluso aunque en su entorno fuese lo más habitual. Partimos de una toma de conciencia interior, no de una imposición exterior.

VAMOS LLEGANDO AL FINAL

Igual que hay distintos caracteres en las personas, también los hay en los gobiernos. El sistema dibujado hasta ahora por Platón, gobernado por filósofos-guardianes o guardianes-filósofos, es lo que va a llamar Aristocracia. Y que nadie se mese los cabellos todavía. Aristos viene del griego “los mejores”. A lo único a lo que se está refiriendo es al gobierno de los que son mejores. ¿Mejores en qué?, pues mejores en gobernarse y, por lo tanto, en gobernar. Un aristócrata no es un tipo con monóculo, bastón y traje de Armani. El aristócrata de Platón tendrá más aspecto de anacoreta que de protagonista de Sálvame o a un aficionado a la equitación o el golf de intenso bronceado y manicura.

Y como todo lo que sube, baja; y todo lo que nace, muere, llega un momento en que la ley de la vida ataca los cimientos de lo más fuerte y la aristocracia empieza a degenerar. Cuando en el seno de la ciudad, entre los guardianes de la misma, aparece por primera vez el deseo de reconocimiento, posesiones y honores, ya no se puede hablar de aristocracia, sino de timocracia. Aparece la disensión y el desacuerdo y entran por primera vez aquellos enemigos de la ciudad: la riqueza y la indigencia. Como el equilibrio ya se ha roto, este sistema no será tampoco perdurable. A la timocracia le seguirá la oligarquía cuando la desigualdad arraigue aún más en la ciudad, y los gobernantes busquen la consecución de riquezas de todo tipo, “adoradores feroces y clandestinos del oro y de la plata, pues tendrán almacenes y tesoros privados en que mantengan ocultas las riquezas que hayan depositado en ellos y también viviendas muradas, verdaderos nidos particulares en que derrocharán mucho dinero gastándolo para las mujeres o para quien a ellos se les antoje. […] amigos de gastar lo ajeno para satisfacer sus pasiones; y se proporcionarán los placeres a hurtadillas, ocultándose de la ley como los niños de sus padres, y eso por haber sido educados no con la persuasión, sino con la fuerza…” Parece que el mundo no ha cambiado mucho desde entonces.

EL ALMA TIRÁNICA es POBRE E INDIGENTE

Aquí ya tenemos esas dos ciudades que mencionáramos antes: una ciudad de ricos y una ciudad de pobres, enfrentadas entre sí a muerte. En una ciudad donde veas mendigos, dirá Platón, estarán ocultos también los ladrones y saqueadores de todo tipo.

Cuando la oligarquía degenera aparece la democracia. Tras la lucha entre ricos y pobres, los pobres han ganado y van accediendo a los puestos de gobierno por sorteo y en la ciudad todo se permite bajo el amparo de la libertad que antes no tenían y que ahora enarbolan como una bandera. ¿Que no quieres ir a la guerra?, ¡pues no vayas!, ¿que no quieres estar en paz?, ¡no lo estés!, eres libre, muchacho, libre como el viento. La excesiva ansia de libertad será lo que pervierta la democracia. Sin embargo, la democracia es mil veces mejor que la tiranía, y los valores que defiende la democracia de libertades, fraternidad, generosidad, protección social, igualdad, etc., son a veces confundidos con los propios sistemas democráticos, donde estos valores se enarbolan como una bandera pero no se viven realmente, para qué negarlo.

Entonces, ¿qué hace falta para conseguir una ciudad sana?Entonces, ¿qué hace falta para conseguir una ciudad sana?Al degenerar la democracia lo que tenemos es lo que se conoce como tiranía. El exceso de libertad desemboca en un exceso de esclavitud. Sucede que el pueblo elige a un jefe para que haga frente al linaje de los ricos (zánganos los llama Platón), y ese jefe, aupado por el pueblo, se acaba convirtiendo en tirano, y es la tiranía lo que ejerce. El círculo se cierra aquí, porque al analizar los deseos desenfrenados del tirano, su necesidad de rodearse de aduladores en vez de amigos reales, y las permanentes amenazas y odios contra su vida que su tiranía le traerán, Sócrates afirma que un hombre así no puede ser feliz, a pesar de haberlo tenido todo, sino que será el hombre más perverso, y también el más desgraciado. Y de ninguna manera el injusto será más feliz que el justo, aunque este logre hacerse pasar por justo a los ojos de los demás.

La República concluye con otro mito, el de Er, realmente críptico y misterioso en algunos de sus pasajes. Er fue un señor que, tras morir en la guerra, se le concede el honor de visitar las regiones del Hades y volver, tras doce días en el inframundo, para contar lo que pasa con las almas de los que mueren. Así lo hace, y entre otras cosas cuenta cómo hay un lugar en el Hades por donde bajan las almas de los fallecidos, y que hay otra por donde, aquellos que ya llevan un tiempo en en inframundo tras haber muerto, se preparan para volver a nacer. Chim Pum. Con la historia de Er termina La República. Ya no hay nada más.

En todo el libro, por supuesto, hay mucha tela que cortar, mucha más de la que hemos presentado en este resumen. Atraídos por su encanto, algunos filósofos platónicos como Plotino buscaron patrocinadores para crear en un amplio terrenito su Platonópolis, que seguiría fielmente las ideas contenidas en La República. Otros, con ínfulas de iluminados, se han creído perfectos guardianes y han interpretado como les ha salido del alma (y como más conveniente resultaba a su persona) los planteamientos sobre la educación y estructura del gobierno. Aunque olvidando que el guardián platónico ha sido despojado de toda maldad y egoísmo, que ha conquistado la templanza y el valor, y que no es su aspiración ni su deseo gobernar, pero lo hará por un puro sentido del deber. En la imaginación del “iluminado” él es ese hombre, pero no es cierto. Que haga la prueba. Si algo dentro de sí desea el gobierno, ya tiene claro que no lo merece.

La República fue escrita hace unos 2.400 años, pero es absolutamente de hoy. Y también de todos y cada uno de los momentos históricos por los que ha pasado la humanidad, antes y después de que se publicara. Sigue mirando al futuro, porque aunque es muy posible que no se plasme nunca un gobierno de los “Aristos” platónicos (los de verdad, no esos otros que causan tanta grima), sí que inspirará siempre la búsqueda del verdadero sentido de la justicia. Y es que no podemos negar que, incluso el más ferviente admirador del sistema platónico acabaría hasta el gorro de República, si tuviera que vivir realmente en ella. Por eso Platón propone, como base, una educación de la que estamos muy, pero que muy lejos. Da igual. Por lejos que nos quede, la idea de lograr que cada cual pueda desarrollar, de la mejor manera posible, todos sus valores y capacidades, además de los principios éticos, tal y como propone Platón, son valores que sí se pueden alcanzar, con República o sin ella.

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