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Twitter cumple diez años, ¿ha cambiado la sociedad?

Cuenta una leyenda urbana que un año en la vida de un perro equivale a siete en la de un humano. En realidad, la equivalencia, hasta donde tiene validez, es bastante más compleja y va en proporción al tamaño del animal. Para las razas más grandes el tiempo transcurre más deprisa que para los pequeños. Con los productos tecnológicos sucede algo parecido. A más grande es el proyecto, medido en número de usuarios, más le cunden los años de vida.

Esta semana cumple una década de existencia Twitter, que quizá no es la red social más exitosa, pero sí la más influyente. En estos diez años de existencia los tweets publicados por políticos, cantantes, escritores o futbolistas se han convertido en parte de la información que ocupa los telediarios y, más recientemente, también los tribunales. Si comparamos la evolución de Twitter con la de la imprenta de Gutenberg, la creación tecnológica más determinante de  los últimos siglos, en los primeros diez años de existencia de la imprenta apenas se imprimieron unas pocas obras que llegaron a personajes de cierto poder adquisitivo, especialmente del clero. Desde la publicación de la Biblia de Gutenberg, en 1455, tardó casi una década en llegar a Italia (1464), no llegaría a Francia hasta 1470, a España en 1474 y a Reino Unido hasta 1479. Uno de los países que más libros editan en la actualidad, Argentina, no dispuso de una imprenta hasta 1700, casi siglo y medio después de su creación.

La revolución se hizo esperar, pero cambió el mundo para siempre. Desde La Biblia hasta El Capital, la capacidad de difundir ideas de forma rápida y relativamente barata ha sido decisiva en la historia y, por supuesto, en nuestra cultura. ¿Es Twitter un avance tan rotundo como este? Indudablemente no lo es, tal vez Internet en su conjunto llegue a serlo, pero sí que ha tenido una rápida difusión (no estamos en el siglo XV) y ha cambiado la forma de comunicarnos y de informarnos.

Tres sucesos históricos: las revoluciones árabes, la llegada a la presidencia de EEUU de Barack Obama y la entrada en el Congreso de nuevos partidos políticos. Todos ellos han tenido difusión en tiempo real a través de Twitter. Podríamos comparar las revoluciones árabes con la guerra de Vietnam (en circunstancias muy distintas, el fracaso de occidente en Siria e Iraq recuerda a esta) que fue la primera televisada. En las guerras televisadas del siglo XX sólo veíamos lo que el reportero nos lograba mostrar, que en no pocas ocasiones no era todo lo que sucedía. En una guerra twitteada tenemos un coro de voces de diferentes tendencias que, sumadas a las fuentes habituales, permiten (o permitirán, a los historiadores) un análisis más completo de los hechos. Desde los tweets de los sanguinarios miembros de ISIS hasta las fotos de la vergüenza europea, negando el auxilio a los refugiados que llegan por miles a nuestras costas, toda esa información es valiosa y antes de Twitter, simplemente, se perdía.

La presidencia de Obama no sólo nos la han contado sus protagonistas en directo. Su campaña fue una de las primeras en hacer un uso intensivo de esta red social entre otras y no sólo es interesante por eso. El uso de Twitter también le sirvió para obtener votos y, por tanto, la red social no sólo fue un testigo del momento político: fue una herramienta política que contribuyó a configurar una mayoría social. Un medio que, como la imprenta, la radio o la televisión, ha cambiado las reglas del juego dando una ventaja a los que llegaron primero.

De todo esto han aprendido los nuevos partidos políticos que han llegado a nuestro Congreso. Con un mensaje en el que se sitúa (al menos sobre el papel) al ciudadano a la altura del líder político, la cercanía, la capacidad de interactuar con los posibles votantes, refuerza un discurso de horizontalidad del que los partidos tradicionales carecen y que, aunque se esfuerzan por mostrarse abiertos al diálogo, pocas veces resulta creíble.

Son estos cambios los que hacen interesante a Twitter, más allá de los resultados en bolsa o de la capacidad para obtener beneficios de sus directivos. En sólo una década hemos cambiado la forma de informarnos, de estar en contacto con referentes políticos, deportivos o sociales y hasta de poner una reclamación a una empresa que no ha cumplido con lo que nos prometió. Puede que Twitter no determine tanto el futuro como la imprenta o la televisión, pero hay algo que está claro: si mañana cerrase Twitter no sentiríamos que volvemos a 2006, sino que la sensación sería de viajar mucho más atrás en el tiempo. Y ese es un balance mucho más duradero e interesante que saber si, por fin, la empresa encuentra la forma de ganar dinero con la publicidad tan bien como sus rivales de Facebook.

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